La Vajol

Por fin estamos descansando en La Vajol, cuidados y mimados por Joana y Rubio. Llegamos anoche, cuando ya el día estaba dejando paso a la noche y no se podían distinguir las piedras en el camino. Desde el primer backup en Cim de Coma Morera han pasado diez días, todos muy intensos, cada paso, cada metro. Dejada Coma Morera, subimos los cuatro por el Puigmal y luego pico por pico seguimos la olla de Núria hasta Tirapits, desviando luego para el refugio Ulldeter, adónde llegamos alrededor de las 19 del 26 de agosto. El camino por las crestas y los picos de Núria ha sido como un proceso de purificación y desprendimiento donde por fin pude abandonar lo móndano, soltar el estrés y mudar de piel. Me fui volviendo montaña, tan pequeño en estas crestas y en el mismo tiempo grande cuánto ellas. Nunca podré olvidar la sensación de expansión y plenitud que probé mirando esta extensión infinita de montañas de curvas suaves y picos rocosos. Nunca probé andar por las montañas solo, lo único que puedo decir es que ir en soledad y en el mismo tiempo acompañado por amigos, es una experiencia preciosa.

En Ulldeter pudimos ducharnos, limpiar algo de ropa, comer como si no hubiese un mañana y descansar un día y dos noches. Volvimos a salir la mañana del 28 de agosto, Amaranta y yo hacia la muga 511, Albert y William por sus respectivos caminos. En la subida hacia Coma de la Portella hasta tuve la ocasión de cruzarme con un colega, como si ya la montaña estuviese ofreciéndome una nueva y familiar cotidianidad.
La frontera nos llevó hasta Roca Colom y Costabona, y desde allí empezamos a bajar, conscientes que ya en el camino nunca volveremos a la alta montaña. Era un sentimiento de pérdida, la sensación de dejar lo divino para volver a lo mondano. El entorno se hizo cada vez más arbolado, abetos sobre todo, según íbamos bajando.

El 29 nos encontramos con Joana y Rubio en Coll d’Ares, uno de los principales lugares de los caminos del exilio. Joana y Rubio nos llevaron agua, comida, papel, colores y demás materiales y dos coca-colas frías. Ha sido una gran alegría estar con ellos y compartir un par de horas en estas mesas de madera puestas allá donde un día era lugar de paso de exiliados.
La bajada desde Coll d’Ares fue uno de lo dos más duros y bonitos que haya habido hasta ahora (quizás junto con el del Puigpedrós, el día de la llegada a Ulldeter y más adelante el de ayer). Bajamos desde Cim de la Clapa, pasando por Coll de Malrem (lugar de paso de exiliados, que inspiró uno de mis primeros cuadros sobre el tema) cruzando hayedos agitados por el viento. Rodeamos el Comanegra pasando por senderos enrocados, entre cabras y nidos de buitres, para luego volver en bosques mediterráneos entre corzos y jabalíes hasta llegar a Plá de La Muga y al Pic de les Maçanes. Allí nos encontramos otra vez con Joana y Rubio (y cuantas gracias quiero darles) para un nuevo backup.

Fue el día siguiente, el 31, en el que llegó el imprevisto, en la forma de tormenta tropical. Estábamos bajando desde el Plá de les Maçanes hacia el Hostal de la Muga, en un bosque empinado sin sendero, en un cono de oscuridad adónde ni la señal GPS llegaba. Allí bajo castaños y en el medio de la maleza, nos pillamos dos horas de lluvia que iba aumentando de intensidad cuando ya pensábamos que no podía haber más. Una catarata de agua densa y pesada inflaba el río cercano y oscurecía el bosque. Empapados conseguimos llegar a la pista y refugiarnos en las ruinas del Hostal. Un lugar medio derrumbado, un día quizás lugar de encuentro e intercambio en las rutas del alta Garrotxa. Ya veréis fotos, un refugio en el sentido más puro, y la realidad que nos obligó a la puesta en escena de lo que estábamos homenajeando.
Este día fue un día “perdido” a nivel de calendario, mugas y quilómetros y nos obligó a un tour de force para llegar a La Vajol según calendario. El paso por el alta Garrotxa ha sido lo más sufrido, quizás por la experiencia vivida, la noche entre ruinas (ruinas de un pasado aún más que ruinas de un edificio), el gris del cielo y la densidad oscura y homogénea de lo bosques que nos rodeamos. Acampar en la quietud de la iglesia de Sant Bartolomeu de Pincaró ha sido quizás el momento más sereno de estos días. El día siguiente en dirección Coustouges, en un bosque rocoso, sin bastones ni mochila, acabé cayendo al suelo tropezando en una raíz. El anular derecho abierto por un corte limpio y profundo hasta el hueso, nos obligó a otro parón, cambio de plan y nueva otra aceleración, para llegar a destino.

Una nueva noche en frontera, en la Creu del Canonge, mirando el ocaso en las altas montañas y el amanecer en el Mediterráneo, ha marcado quizás el fin de este tramo inquieto. La suavidad mediterránea del Alt Empordá sustituyó la oscuridad medieval de la alta Garrotxa. Otra vez en los picos (Pic de la Dona Morta, Roc de la Campana, Roc de Fraussa, etc.) y luego otra vez en bosques densos, hayedos mágicos de fábulas y pinedas vertiginosas por sus alturas. Esto fue ayer. Llegamos muy cansados después de uno de los días más duros. Yo ya andaba por inercia, crucé el camino del exilio de La Vajol realmente destrozado, levantando pies duros y pesados como planchas y agradeciendo que la última hora de camino fuese por la amigabilidad de una pista forestal.
El día 17 acabó con el cariño de Joana y Rubio, una ducha y una comida fenomenal. Profundamente grato por todo.

(Adjunto una selección aleatoria de fotos, elegida entre dos mil archivos sin editar, con el móvil resulta un poco complicado)

+ info sobre el proyecto En frontera: www.marconoris.com/en-frontera

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Un italiano en camino