Marcello

Marcello faceva sempre l’indifferente. Sembra che lo aiutasse a mantenere le distanze e a tenere un po’ d’equilibrio. Era indifferente a tutto e atutti, la sua espressione era vacua, apatica e gli occhi vuoti come il cappello di un mendico.
E indifferente rimase fino al giorno in cui un signore gentile gli disse: “Marcello, svegliati, sei morto!”. E Marcello sorrise, lentamente.
Ma forse si scombinó tutto, gli occhi sottosopra, uno scese verso il mento, l’altro si postò lungo la tempia. Un orecchio giró su sé stesso e l’altro si accartocciò come cercasse di chiudersi in sé stesso e non sentire il rumore assordante che generava. Il naso pareva allungarsi e poi girare vorticosamente come un mulino, mentre la bocca si staccò a volo di farfalla e scomparve portandosi via nel vento l’ultimo gemito di Marcello: “ma che cazzoooooo…”.

Marcello siempre se hacía el indiferente. Parecía que eso le ayudara a mantener las distancias y también un poco de equilibrio. Estaba indiferente a todo y todos, su expresión era vacua, apática, y sus ojos vacios como el gorro de un mendigo.
Y se quedó indiferente hasta el día en que un señor gentil le dijo: “Marcello, despierta, ¡estás muerto!”. Y Marcello sonrió, lentamente.

Pero a lo mejor se le trastocó todo, los ojos al revés, uno bajó hacia el mentón, el otro se deslizó a lo largo de la sien. Una oreja se torció sobre sí misma y la otra se abarquilló como si intentara encerrarse en sí misma para no oír el ruido ensordecedor que producía. La nariz parecía alargarse y luego girar vertiginosamente como un molino, mientras que la boca se alzó en vuelo y desapareció llevándose en el viento el último gemido de Marcello: “Pero qué coño…”

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mnoris

Un italiano en camino