Aldo

Quando finalmente Aldo decise di spegnere la televisione era ormai troppo tardi, i suoi capelli erano sparsi sullo schienale del divano e il suo senso critico un soprammobile polveroso. Nell’immagine, Aldo dopo aver sentito la sua flaccida pancia chiedergli birra con spiccato accento lombardo.

Cuando por fin Aldo se decidió a apagar la tele ya era demasiado tarde, sus pelos estaban esparcidos por el respaldo del sofá y su sentido crítico era un bibelot polvoriento. En la imagen, Aldo después de haber escuchado a su enorme y flácida panza pidiéndole cerveza con un marcado acento lombardo.

Gustavo

Gustavo era amico di tutti ma soprattutto delle vecchine zie del panettiere che, sedute sulle panchine del parco, gli raccontavano la storia dei figli di Eva e delle corna di Adamo.

Gustavo era amigo de todos pero sobre todo de las viejecillas tías del panadero que, sentadas en los bancos del parque, le contaban las historias de los hijos de Eva y de los cuernos de Adán.

Loredana

Loredana perse il nonno sulle montagne del Monferrato durante il duro inverno del ’44 e perse il suo compagno durante i duri scontri bolognesi del ‘77. Loredana perse il suo unico figlio un sabato sera del ’99, nei bagni di una grande discoteca di Brescia.

Loredana perdió a su abuelo en las montañas de Monferrato, Piamonte, durante el duro invierno del ’44 y perdió a su novio durante los fuertes enfrentamientos boloñeses del ’77. Loredana perdió a su único hijo un sábado noche del ’99, en los aseos de una grande discoteca de Brescia.

Tommaso

Sin da ragazzino Tommaso ha amato il denaro e lo status sociale che con esso poteva comprare. A trentadue anni era più ricchissimo che ricco. Ai quarantuno era povero in canna. Con i suoi ultimi cinque euro poté comprarsi patate e riso al libero mercato del sabato mattina.

Desde niño, Tommaso ha amado el dinero y el estatus social que con ello podía comprar. A los treinta y dos años, más que rico era riquísimo, a los cuarenta y uno no tenía donde caerse muerto. Con sus último cinco euros pudo comprarse patatas y arroz en el mercadillo del sábado por la mañana.

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Matteo

Matteo, 48 anni. Scrittore, giornalista e poeta. Da quando lavora come opinionista televisivo soffre d’insonnia e crisi d’ansia.

Matteo, 48 años, escritor, periodista y poeta. Desde cuando trabaja como comentarista televisivo tiene insomnio y crisis de ansiedad.

Roberto

Roberto aveva un cattivo rapporto con i suoi capelli. Capitava che a volte non ci fossero, assenti ingiustificati, altre volte erano luoghi, crespi e ribelli, oppure erano inquieti e irritabili, soprattutto prima di appuntamenti importanti o dopo notti di festa, quando ancora sbronzi ciondolavano irascibili luogo il tappeto del salotto.

Roberto tenía una mala relación con su pelo. A veces no estaba, ausente injustificado, otras veces era largo, áspero y rebelde, o bien era inquieto e irritable, sobre todo antes de citas importantes o después de noches de fiesta, cuando, aún borracho, oscilaba irascible a lo largo de la alfombra del comedor. 

Enrico

Enrico era un giardiniere capace. Amava le piante, gli alberi, i fiori, ma amava pure gli insetti che senza di loro molte piante non esisterebbero. Nel giardino di Enrico c’erano (e chissà ci siano ancora) alberi enormi e piante mitologiche. Il suo preferito era l’Albero delle Certezze. Enrico era certo che l’albero gli parlasse e lo invitasse a salire sulla sua alta cima ad ammirare, raggiunto il cielo, lo splendido paesaggio.

Un giorno dopo tanti anni, quando l’albero era cresciuto fino al cielo, Enrico decise di arrampicarsi sino alla cima per poter gioire del – ne era certo – maestoso paesaggio. Ma Enrico non scese mai più e nessuno più lo vide. Alcuni erano certi che fosse sceso di nascosto e partito alla ricerca del Giardino dell’Eden, altri invece sostenevano fosse ancora in cima all’albero, nascosto tra le fronde; altri ancora erano convintissimi avesse spiccato il volo alla ricerca di Leopoldo e delle cozze impazzite. Ma tutti erano certamente certi che l’Albero delle Certezze avesse ingannato il povero Enrico.

Enrico era un jardinero capaz. Amaba a las plantas, a los arboles, a las flores, pero amaba también a los insectos ya que sin ellos muchas plantas no existirían. En el jardín de Enrico había (y a lo mejor aún hay) arboles enormes y plantas mitológicas. Su favorito era el Árbol de las Certezas. Enrico estaba seguro de que el árbol le hablaba y le invitaba a subirse hasta su alta punta para admirar, una vez alcanzado el cielo, el esplendido paisaje.

Un día después de muchos años, cuando el árbol había crecido hasta el cielo, Enrico decidió trepar hasta la punta para poder regocijarse en el, estaba seguro de ello, majestuoso paisaje. Pero Enrico no volvió a bajar nunca más y nadie lo volvió a ver nunca. Algunos estaban convencidos de que había bajado a escondidas y había ido a la búsqueda del jardín del Edén, otros en cambio afirmaban que seguía en la punta del árbol, escondido entre las frondas; otros estaban muy convencido de que se había alzado en vuelo para ir a la búsqueda de Leopoldo y de las almejas locas. Pero todos estaban seguramente seguros de que el Árbol de las Certezas había engañado al pobre Enrico.

Paola

Quando Paola decise di suicidarsi il cielo era grigio speranza e i marciapiedi brulicavano di repellenti e isterici ratti. Non fu una decisione meditata, ragionata, dibattuta. Piuttosto, in quel giorno così carico di menzogne, ne riconobbe il pensiero nella sua agghiacciante verità. “Nella verità non c’è suicidio” gridarono il vento e le rocce avvolgendo e rigirando schiacciando e scoppiando il corpo sottile di Paola.

Cuando Paola decidió suicidarse, el cielo era gris esperanza y las aceras hervían de repulsivas e histéricas ratas. No fue una decisión medida, razonada, debatida. Más bien, en aquel día tan cargado de mentiras, reconoció el pensamiento en su espeluznante verdad. “En la verdad no hay suicidio” gritaron el viento y las rocas envolviendo y girando y aplastando y reventando el sutil cuerpo de Paola.

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